jueves, 18 de marzo de 2010

El Elogio del Horizonte



En Junio del año pasado una pareja de jóvenes encontraron la muerte al caer por el precipicio que existe allí donde se pone el sol. Era más o menos a la misma hora que se hizo esta imagen y quizás fuera algo parecido lo que vieron por última vez.
A ellos les dedico este pequeño relato.

Nadie se fijo en la chaqueta de lana pulcramente doblada ni en la tenue huella que dejaron sus cuerpos sobre la hierba del acantilado; sobre la tierna, húmeda y olorosa hierba.
Según dicen se precipitaron abrazados al encuentro de las blancas rocas donde bate el mar. El pelo rubio de la niña alborotado como el frágil aleteo de una mariposa o el vuelo de una paloma herida por el viento.
El niño que la besa, la blanca roca, el mar rugiente, surgen precisos y dibujados con una realidad que les llena el alma de un pavor desconcertante de una última y miserable duda.
Por encima, el indiferente ídolo que les dio cobijo elogia el horizonte en ese gesto inútil de abrazar el viento derrochando su falsa, huidiza y engañosa sombra; impasible como el eterno jugador que cercena, hiere, mutila, sin compasión ni causa, en ese extraño y aleatoria orden que le dictan sus caprichos de jugador empedernido.
Las blancas e inofensivas rocas batidas por el mar hieren, cortan, laceran con su tímido e inocente filo las níveas, propiciatorias y entregadas carnes de una niña que ya jamás podrá ser amada; o quién sabe si cumpliendo su designio y burlando al fin la partida al implacable, al omnipresente, al todopoderoso jugador, fuere ahora amada para siempre, libre al fin de esas promesas que nada más nacer ya se corrompen; porque que al fin del todo ningún amor merece el cruel destino de la muerte. Quien soy yo para saberlo.
Cuando la arrancaron de aquellas blancas e inocentes rocas batidas por el mar, llegue a ver (ojala hubiera salido huyendo) su rostro transparente que nunca había sabido interrogar y que se entregaba a una enigmática sonrisa a una misteriosa y huidiza sonrisa que no pude comprender y que todavía ahora presiento a cada instante a cada latido de mi corazón.
Envolvieron su cuerpo frágil y roto de promesas, con girones de su falda de colegio; la plisada de cuadritos que su madre había planchado esa mañana. Y cuando cerraron sus ojos para siempre, pude vislumbar aquel último reflejo del color de las algas húmedas que acaricia el mar.
Con el alboroto y el ulular de las sirenas, nadie se fijo en la chaqueta de lana pulcramente doblada ni en la tenue huella que dejaron sus cuerpos sobre la hierba. Pero yo si pude sentir su suave tacto y el ligero olor de su perfume, también vi el pequeño corazón bordado a mano. Allí lo deje abandonado, hasta que el viento quiera.

El niño al que tan fuerte se abrazaba nunca fue encontrado; solo un retal de su impermeable hondeo algún tiempo en la cima de una blanca roca que bate el mar, pero de él nunca se supo.
Alguien me dijo que en el fondo del mar se adivinan todos aquellos misterios que la vida nos ha negado comprender.

Todas las noches sueño con la blanca niña del acantilado, quien sabe si para sentirme avergonzado de seguir viviendo, o para preguntarme porque vivo.

Hernán 16 de marzo de 2.010

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