martes, 25 de abril de 2017

EL URRIELLU ( Mal llamado Naranjo de Bulnes)


 
     En la foto estoy en la mitad
de la travesía de los canalizos

A buen paso cruzamos las invernales del Texu.
Dos docenas de cabañas construidas con piedra
madera y barro cocido; primarios materiales
que el hombre utilizó con sabiduría desde
el origen, y únicos que se deberían permitir
en estos pueblos de montaña.

(Nada es más bello y útil  que una teja de barro:
cobija el agua y la hace discurrir,
rumorosa, hasta las afueras del hogar.
Canal y cobija;  dos utilidades en la misma forma.
Dos superficies curvas tan eficaces como la rueda.
El hombre nunca más usaría las cavernas.

Y la madera... dócil y hermosa . Puede ser violín
o leño de un fuego; puerta que protege el hogar
o cuna donde nacemos. Cualquier cosa.

De la piedra, luego hablaremos.)

Enseguida, cruzamos un bello puente 
abrazado por la hiedra.
El antiguo camino de Urriellu, 
que tantas veces transitamos,
se pierde entre las hojas abatidas del otoño.

Los castaños, pródigos, siembran las hojas
de semillas protegidas por finas agujas
que al abrirse regalan brillantes frutos de invierno.
Los pinzones y jilgueros escondidos en las ramas
hacen cantar a los robles centenarios.

Al llegar al collado Pandébano, una mujer 
de ojos sabios y rostro curtido, nos ofrece el queso azul
que madura en las entrañas de la roca.
Va envuelto en una piel de hojas de arce humedecidas.
Es una delicia, y allí mismo comemos un buen trozo.
En la mochila no, pues en el refugio puede dar lugar
a algún equívoco.

La Luz como una flor envejecida cae lentamente.
Poco a poco se acrece la noche hasta ocuparlo todo
e invadirnos.

El nuevo camino mordido a la roca se adentra
en el collado Vallejo y zigzaguea plateado
por El Torcón y El Valle del Agua.

Entre la húmeda niebla y la oscuridad, 
unos ojos brillantes como luciérnagas, 
siguen  nuestros pasos.
Los rebecos parecen espectros revoltosos.

El mas grande alpinista de Picos nos acompaña.
Los años no parecen hacer mella en él;
la cadencia de sus pasos es suave y constante.

Los jóvenes nos adelantan a buen ritmo.

Pedro me mira sonriendo y me dice socarrón:
— Unos van con gasoil y otros con gasolina.
Al poco rato los encontramos desperdigados
y perdidos, gritando nerviosos para orientarse.
Equivocados se han metido a la canal de La Celada.
A mí lado Pedro Udaondo sonríe: sabio, en silencio, 
con cierta sorna en la mirada.

Habíamos llegado al refugio. Teníamos frío 
y temblábamos bajo camisas empapadas de sudor.
Salió el guarda-Tomás- a abrazar al " rey de los Picos".

Después la cena.

Ningún plato gourmet se puede comparar
por el plato de un refugio: patatas, chorizos y huevos. 
acompañado de historias montañeras.

En la cena se ha ido la luz y han puesto velas.
Alrededor: el fuego de una lumbre; amigos, silencio,
y la aventura del Picu en las espaldas.
Más tarde las brasas se rinden lentamente.

Hay chovas de silencio cantando en mis oídos.

Ese silencio absoluto solo se puede sentir en las alturas,
un silencio solo roto por el eco del viento.
Es entonces cuando la luz también se convierte en eco.
Las noches apoyadas en el primer instinto de aventura, 
el instinto más primario; sin él no hay vida.

Tengo deseos  de salir y exaltar la noche
de unirme a ella con sus ecos y su silencio
en la pared transida de reflejos.

Me llega el recuerdo de un instante, ya muy viejo.
Una noche de tempestad en El Urriellu,
cuando al alba, un rayo, como una cuchillada,
encendió la roca, y una cascada de luz bajó por las laderas,
y luego la paz de nuevo, y el silencio 
cuando encontró la madre tierra.

Al amanecer hablábamos despacio
esperando la luz para aventar el miedo.
Fuera rezaba  el viento.

Un frío empaña los cristales y en las montañas
se vislumbra un óxido de lunas afiladas.

Llega el alba y la conciencia retoma sus dominios.
Arde la claridad, asoma el día,
pero no acaba de entrar entre la niebla.

En un silencio pródigo de nubes,
Solo oigo mis eternas compañeras.

Asoma la luz, 
como una marea que nos inunda de blancura. 
Un mar de nubes se funde con el cielo.
Al norte emergen las cumbres del Cuera
como los restos de un naufragio afloran
en medio de una tempestad.

Cargamos las mochilas a la puerta del refugio.
Debajo de carámbanos de hielo, 
nos despedimos de Udaondo.
Él ya tenía ciento cincuenta ascensiones al Picu
y la primera invernal. Su objetivo ese día era otro.

Cómo adivinar que un resbalón por Las Barrastrosas
y trescientos metros de caída, acabarían con su vida.
Allí entre lo que más amó.

Es la montaña; así es como sucede.

En fila, haciendo huella, nos adentramos
en la canal de La Celada.
La lluvia blanca restalla contra los muros de caliza
Las nubes nos cubren como un sudario; nos envuelven.
La luz aprisionada en la sombra se transfigura
de repente en un resplandor que nos deslumbra.

De pronto, se abrieron en dos las nubes,
y como la estela de un dios desconocido,
se mostró el inmenso espolón norte,
desfigurado por una negra cicatriz.
Una inmensa quilla hendida por la oscura chimenea 
que como una cuchillada la discurre.

Por ella subió descalzo El Cainejo
y Pidal ,el aristócrata cazador de rebecos,
en un día neblinoso,
que les evitó la tortura del abismo.
Un monolito de piedra dejó constancia
de aquella hazaña extraordinaria 
de los conquistadores de lo inútil 
De testigo: algunas chovas
y la acritud callada de la roca.

La canal, exhala un vaho húmedo
a brezo y musgo y algo perverso, inabarcable,
se desprende por ella.

Con algo de esfuerzo y a golpes de piolet,
llegamos al JouTras el Picu.
La pared cortada a hachazos es nuestro destino .

Mirándola, me pregunto: ¿dónde empieza ese gris,
donde termina ?
¿qué mano secreta ha tallado ese cuerpo
de líneas esbeltas, delicadas?

Como una antigua ceremonia, nos encordamos:
As de guía, clavijas de acero, mosquetones, 
pies de gato, chubasquero, y sin olvidarnos el casco.

El primer largo tiene dificultad. Las rocas están lavadas
por la lluvia y el agua las cubre de escarcha;
el suave orvallo (1) las lame y las vuelve escurridizas.
Empieza entonces una  cadencia armónica,
como una danza.
Cada paso apaga el tiempo y la duración 
es el ritmo de la lluvia.

Los ojos se deleitan en las grietas de la roca,
en lugar que en la cumbre,
en la nube, en lugar que en el cielo.
Crecen entre las grietas flores de inaudita belleza
y colores inesperados
Solo nosotros, los pájaros e insectos,
podemos disfrutarlas.

El viento baila en torno y riza las cuerdas, las embrolla.
Se oye el tintineo de aceros 
clavándose en minúsculas fisuras, 
buscando las entrañas de la piedra.
Seguridad efímera, pues la pared es sólida, sin resquicio;
como el carácter recio de los hombres de esta tierra.

El vacío se hace vertiginoso.
¿Quién sino, esos momentos alargan el tiempo
y agigantan los ángulos torcidos de la roca?

Se funden las palabras con el compañero de cordada
con las que me distraigo del abismo.
Quisiera guardar esos instantes; invisibles,  
como piedras desnudas. 
Que no transcurriese el tiempo.

Otro paso nos espera; una llámbria lisa,
surcada por canales que el paciente discurrir del agua
ha lamido a la roca. Como lágrimas en un rostro atormentado.

Una caída aquí es un péndulo impredecible.

Terminada la peor zona, trepamos ya por el anfiteatro
con ansias de la cumbre.
De pronto, un alud de piedras, como si se deshiciera
la montaña, nos coge de improviso.
Zumban a nuestro alrededor como un enjambre rabioso.
Al chocar, saltan esquirlas
y queda en el ambiente un olor acre de azufre .

Hemos tenido suerte, y el casco y la mochila
nos salvó de algo más serio.

En la arista cimera el sol araña la roca 
y pide su oportunidad.
Aquí el abismo se asienta en toda su grandeza.

Al final de este filo está la meta.

El tiempo gira en torno de ese instante
en esa cumbre anexa al infinito.
Haber soñado años con este día
y estar aquí, de pronto; exento, callado, sin edad.

No cruzará de nuevo esta nube sobre Urriellu.
Gocemos este instante

Roca: dame valor y miedo para volver de nuevo a ti.

Hernán 24/04/17


(1) en asturiano L'Orbayu, Orpín
En castellano: RAE: orvallo, orballo, Indistinto


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